El misterio «resuelto» de la momia que grita

Historia
Fernando Gómez

Son todavía muchos, los misterios sin resolver sobre el antiguo Egipto, sin embargo, uno de los que más inquietaba a expertos y aficionados, el de la llamada “momia que grita”, fue resuelto hace un par de años, concretamente en febrero de 2018, gracias a las pruebas de ADN que se le practicaron.

Pero antes de conocer los entresijos de esta historia, vayamos a sus orígenes.

En el año 1881, el egiptólogo alemán Émile Brugsch, penetraba en la tumba DB320, excavada en la montaña de Tebas, un lugar, que sería conocido más adelante como “el escondrijo de Deir el-Bahari”. Este lugar de enterramiento, había sido descubierto casualmente por una familia de campesinos locales que durante algunos años se habían dedicado a la venta de antigüedades en el mercado negro; al ser descubiertos por las autoridades locales y con el fin de evitar un castigo mayor, revelaron la ubicación exacta al Servicio de Antigüedades de Egipto, para el que trabajaba el egiptólogo alemán.

Una vez en la tumba, Brugsch, descubrió más de cincuenta momias reales, pertenecientes casi todas ellas a grandes faraones de las dinastías XVIII, XIX y XX. Entre ellas, se encontraban las de Tutmosis III, Seti I o Ramsés III. Al parecer, todos estos cuerpos habían sido trasladados a este “escondrijo” por los sacerdotes, que temían que los saqueadores de tumbas, pudieran profanar los cuerpos y robar todos los tesoros que las acompañaban.

Hasta la fecha, muchas de las sepulturas que habían encontrado, contaban con un denominador común: los fallecidos eran embalsamados para prepararlos para el Juicio de Osiris, momento en el que cuerpo y alma del difunto eran analizados por el tribunal presidido por el dios de los muertos. Sin embargo, la momia descubierta no encajaba precisamente en este esquema.

Por un lado, estaba enterrada en el Valle de los Reyes, la impresionante necrópolis donde se encontraban enterrados la mayoría de los faraones del Imperio Nuevo, sin embargo su tratamiento, no desvelaba unos cuidados extremos como el resto de cuerpos, sino más bien todo lo contrario: la extraña figura se encontraba atada de manos, mientras que su rostro aparecía contraído en un terrible rictus de dolor, con la boca abierta, como si aún continuara, siglos después, gritando su silenciosa agonía.

En un estudio más profundo, llevado a cabo en el Museo de Bulaq, antecedente del Museo Egipcio de El Cairo, se descubrió que además de las ataduras de pies y brazos, sobre su piel se habían trazado horribles maldiciones; su cuello presentaba unas marcas evidentes de estrangulamiento y, por si eso fuera poco, su cuerpo había sido envuelto en pieles de oveja, lo que solo podía significar que había hecho algo mal durante su vida, puesto que la oveja era considerado un animal impuro, indigno. El proceso de momificación también había sido diferente, siendo su cuerpo secado en sal, después, posiblemente habían echado un poco de resina en la boca abierta para mantenerla así.

Al no aparecer ningún marcador en su tumba, cosa que también contrariaba a los expertos del momento, no pudo ser identificada; se le bautizó con el nombre de “Individuo E” y se guardó durante décadas en un almacén donde fue olvidada de nuevo.

Pero, ¿quién podía ser aquel joven? y, sobre todo, ¿qué podía haber hecho para recibir semejante trato? Hay que tener en cuenta que no sólo había sido castigado en vida, sino que, su alma también había sido condenada a una segunda muerte, por lo que debía tratarse de alguien importante que ocultara un terrible secreto.

La primera pista se encontraba en su propio lugar de enterramiento, puesto que muy cerca de ella, en el mismo escondrijo, había sido descubierta la momia de Ramsés III, faraón de la dinastía XX, que había conseguido devolver a Egipto su esplendor tras la invasión de los pueblos del mar. La segunda pista la aportaba el “papiro de Turín”. En él, se había recogido el testimonio de la muerte de Ramsés III, víctima de una conspiración palaciega instigada por una de sus esposas, Tiye, y llevada a cabo por uno de sus hijos, Pentawere o Pentaur. Este extremo se había podido confirmar, puesto que la momia del faraón presentaba marcas de puñaladas en todo el cuerpo y señales inequívocas de haber sido degollado.

Por lo tanto, la hipótesis estaba clara, ¿sería posible que el “Individuo E” tuviera que ver algo en el asesinato del faraón? O incluso, algunos egiptólogos se atrevían a ir más allá, ¿sería el “Individuo E” el parricida que había puesto fin a la vida de su padre?

Muchos estaban convencidos de haber descubierto la identidad del personaje, pero en el año 2012, el afamado egiptólogo Zahi Hawass decidió realizar un estudio de ADN a ambas momias para confirmar o desmentir tal hipótesis. El resultado fue concluyente, el individuo E era, indudablemente, hijo de Ramsés III, por lo que la teoría de la conspiración resultaba ser del todo cierta.

Podemos presuponer que tras treinta años de gobierno, Ramsés III aún no había decidido quién iba a ser su sucesor. Tenía numerosos hijos de distintas esposas y una de ellas, Tiye, iniciaba una conspiración con el fin de colocar a su hijo en el trono de Egipto.

Sabemos que la conjura tuvo éxito, puesto que Ramsés III fue asesinado, pero algo debió de salir mal. Los asesinos fueron descubiertos, juzgados y el hijo del faraón, condenado a muerte o quizá se ahorcó después de ser condenado al suicidio, ya que las personas de la realeza eran intocables. El suicidio, en tal caso, no le hacía merecedor de una sepultura digna.

El final del príncipe parricida fue terrible y de eso se encargaron sus embalsamadores al darle a su cuerpo un aspecto espeluznante, encargándose, además, de que no alcanzara, ni siquiera después de muerto, el descanso eterno.

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