Fake news en la Historia

Historia | Libros
Fernando Gómez

A menudo creemos que hay ciertas cosas que son plenamente actuales y que nunca antes habían existido en nuestra sociedad, pero basta con echar un vistazo al pasado para comprender, que por muy inverosímiles que nos resulten, muchas de estas cosas ya existían desde los albores de la humanidad. Es el caso de las “fake news”. Las noticias falsas o los bulos, han existido desde siempre y aunque no las llamábamos así, mediante un anglicismo, tal vez si decimos rumores, seguro que estamos todos de acuerdo en su temprana existencia.

Estas artimañas, han servido para sembrar dudas y falsedades en las líneas enemigas durante siglos y han cumplido con su función, manipular a la sociedad, dañando la reputación del enemigo y resultando una compañía muy peligrosa para los historiadores, siempre en busca de la verdad.

En este sentido, el poeta romano Virgilio, en el capítulo IV de “La Eneida” definía el rumor como “la más veloz de todas las plagas”. Por otro lado, Tácito argumentaba que la primera baja en una batalla, solía ser la verdad, y no le faltaba razón.

Pero si la difusión de mentiras, se remonta a tiempos inmemoriales teniendo en cuenta lo lentas que resultaban las comunicaciones entonces, nos podemos imaginar que hoy en día, gracias a la universalización de las herramientas de difusión, a su facilidad de uso y a su carácter gratuito, las “fake news” han adquirido, además, un nuevo matiz, convirtiéndose en algo absolutamente incontrolable, ya que su capacidad de multiplicación corre a la velocidad de la luz.

Volviendo al pasado, recordemos algunas de las “fake news” históricas más destacadas:

Nerón y el incendio de Roma: Además de canibalismo o incesto, los primeros cristianos también tuvieron que cargar con la culpa del gran incendio de Roma del año 64 d.C., a partir de un rumor originado por el propio Nerón para exculparse a sí mismo de provocar el “Gran Fuego”. No hay duda de que el incendio, ya fuera casual o intencionado, constituyó para Nerón su gran oportunidad para seguir fomentando una política cada vez más personalista y populista y todas estas imputaciones tuvieron numerosas consecuencias, con las famosas persecuciones de los primeros siglos. Tácito explica en sus “Anales” las sospechas sobre la autoría del fuego, centradas en el propio Nerón, pero en aquel momento, el rumor sobre la culpabilidad de los cristianos, se extendió por toda Roma casi  a la misma velocidad que las llamas.

María Antonieta y la Revolución Francesa: La revolución de 1789 también supo utilizar esta argucia a su favor, allanando el camino de María Antonieta hacia la guillotina. Tachada de frívola y despilfarradora, se le atribuyeron frases tan atroces como: “Mi único deseo es ver París bañado en sangre; cualquier cabeza francesa presentado ante mí se pagará a peso de oro”; o la archiconocida “Si en París no hay pan, que coman pasteles”, referida a la escasez de harina y al hambre que asoló París durante la Revolución. Fuera verdad o no que dijo tales expresiones, el rumor cumplió con su cometido y María Antonieta acabó siendo una víctima más de la Revolución Francesa.

El acorazado Maine: Los periodos de guerra, incluido el ambiente prebélico y, en ocasiones, la posguerra, eran los periodos favoritos para la difusión de bulos, ya que el miedo hacía creer las historias más absurdas e inverosímiles. A propósito de la explosión del acorazado Maine, los principales periódicos norteamericanos se dedicaron a difundir la idea de que los españoles habían provocado la explosión del buque, aún sabiendo que la realidad era muy distinta y que la causa de su hundimiento se debió a una explosión interna; pero nuevamente, el “bulo” cumplió su cometido, provocando la entrada de EE.UU. en el conflicto. Pero aún hay más, en su libro Yo pondré la guerra, Manuel Leguineche escribía que Hearst, director del rotativo americano “Journal” pedía historias claras, maniqueas, de héroes y villanos: «Los españoles alimentan a los tiburones con los prisioneros de guerra», titulaba el Journal, y narraba historias que sólo habían sucedido en la imaginación de sus enviados especiales al conflicto. «Los soldados españoles cortan con sus machetes las orejas de los rebeldes cubanos y se las guardan como recuerdo»».

 

La lista de “fake news” sería interminable y, sin duda, llegaría hasta  nuestros días. ¿Quién no recuerda las “famosas armas de destrucción masiva” que el presidente americano Bush, afirmaba que poseía Irak? y que provocaron, de forma intencionada, una guerra con este país. O, más recientemente, un artículo que leía ayer acerca del niño indio que predijo el coronavirus…

Pero la cuestión sería, ¿por qué les damos credibilidad? ¿Qué nos induce a pensar que puede haber algo de verdad en asuntos tan truculentos?

Larra decía que “el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer; sin duda por esa razón creen los amantes, los casados y los pueblos a sus ídolos, a sus consortes y a sus Gobiernos”.

Nietzsche ahonda más en la cuestión al afirmar que “el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades”.

Si queréis descubrir más verdades qué mentiras a lo largo de la historia, os dejo una recomendación bibliográfica:

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